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Mis inicios en el Tercer Sector y en asociaciones se remontan a cuando con 16 años me incorporé a una organización sin ánimo de lucro. Desde aquello han pasado casi 30 años en los que he tenido la fortuna de desarrollar mi carrera profesional en entidades que persiguen mejorar la calidad de la vida de las personas en vulnerabilidad social y sanitaria. Entre ellas, la Federación Española de Párkinson, una entidad paraguas compuesta por 53 asociaciones de párkinson en toda España.

Un año después de mi incorporación como directora de la Federación Española de Párkinson, he tenido la oportunidad de acercarme al Movimiento Asociativo Párkinson, lo que ha enriquecido esta nueva etapa de mi vida, tanto a nivel personal como profesional. Aunque llevo poco tiempo, me siento parte de este movimiento, se me ha dado la oportunidad de participar y conocer las actividades que realizan las asociaciones, y siempre me he sentido muy bien acogida por todas ellas. Una de las cosas que más me ha sorprendido es lo activas que son, sean grandes o pequeñas, se encuentren en el ámbito rural o en grandes ciudades, todas ellas tienen algo en común:  el trato humano.

Sin duda, esto es posible gracias a los equipos de trabajo de las asociaciones, compuestos, por un lado, por profesionales especializados en la enfermedad de Parkinson que permiten un abordaje integral de la enfermedad, y con su compromiso y dedicación hacen que la atención sea más personalizada. Por otro lado, el voluntariado que participa solidariamente en actividades de sensibilización, formativas y asociativas, que enriquecen a la asociación, y como no, las Juntas Directivas al frente de la entidad, peleando por mantener su asociación ante las dificultades que se presentan, representando y defendiendo los derechos de las personas con párkinson y trasladando a la administración pública las necesidades del colectivo.

Toda esta labor hace que las asociaciones de párkinson sean imprescindibles hoy en día, no solo por cumplir un papel fundamental en la vida de las personas afectadas, sus familias y cuidadores, sino por promover una sociedad más solidaria con las personas que están en situación de vulnerabilidad, generando espacios de confianza para la normalización de la enfermedad.

 

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