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Quisiera ser águila enorme,

con alas muy fuertes y poder volar,

subir a las cumbres más altas del mundo,

volando sin miedo, en total libertad.

O ser, por lo menos, como un gorrioncillo,

volando en las plazas de aquí para allá.

Sería más libre de lo que estoy siendo

atada en este cuerpo sin movilidad.

Es cierto que muchos somos prisioneros,

atrapados en esta enfermedad.

Pero eso no es causa para que olvidemos

que somos personas como las demás.

A Dios le doy gracias, porque aún sin volar

los grandes espacios en su inmensidad

nos ha conseguido la capacidad

para sentir cosas, pensar y soñar.

Podemos sentir muchas sensaciones;

podemos reír, soñar y cantar

si somos capaces de ver la belleza

de un paisaje nevado en un día invernal.

Si una puesta de sol desde tu ventana,

y los besos de un nieto nos hacen temblar

No es porque seamos enfermos que tiemblan,

es que somos gente con sensibilidad.

Si admiramos las flores del campo,

sus bellos colores, su vistosidad,

y los múltiples verdes de la primavera

nos causan asombro y nos hacen pensar

o el salobre fragor de las olas,

rompiendo en las rocas cuando hay temporal,

o una hoguera prendida en la noche,

con sus lenguas de fuego y su crepitar

una mano que coge las tuyas

diciéndolo todo, sin tener quçe hablar.

Si te emocionan todas esas cosas,

y te hacen reír o te hacen llorar,

no es porque tú seas un ser desvalido

es porque tienes sensibilidad

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