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El jurado del IV Certamen Literario, de la Asociación Parkinson León formado por Atilano Sevillano Bermúdez, Pablo Antonio García Malmierca y Laly Dbt, ha otorgado el premio al relato titulado “La marina” presentado por María Soledad García Garrido.

Así mismo ha decidido conceder un accésit a Pilar Amenedo por su relato titulado “Tic-tac”.

La Asociación agradece la participación y difusión del certamen y al jurado su implicación en este proyecto, que en esta ocasión contó con 280 participantes.

 

1º PREMIO. La marina, de María Soledad García. 

Se acomodó en la butaca y esperó a que se le pasara. Cada vez sucedía más a menudo. Desde su asiento favorito, se le iban los ojos a la marina que llevaba al menos dos décadas colgada en la pared del salón. Nunca había reparado en ella tanto como en los últimos días. Había tenido siempre el poder, aquel cuadro ligeramente inclinado, de evocarle buenos tiempos. Le encantaba recrearse en su visión e imaginarse joven, sentada en la arena caliente, mientras vigilaba los juegos de sus pequeños, que se acercaban a la orilla espumosa para llenar los cubos de agua y construían castillos y más castillos.

Pero, de un tiempo a esta parte, la contemplación de la marina, con su esquina derecha escorada, ya no le producía el efecto balsámico de entonces. Las olas, suaves, iban y venían y se llevaban los juguetes de los niños, desmoronaban los castillos, y empapaban con su empeño las toallas extendidas. Esos pensamientos ennegrecían sus recuerdos. Para evitarlo, cerraba los ojos y se sujetaba la mano temblorosa.

Una mañana se propuso enderezar el cuadro, como si con ese sencillo gesto lograra borrar su enfermedad. Fue entonces cuando el agua del mar, como una cascada, le cayó encima. Y fue cuando tomó el teléfono y les contó a sus hijos lo que le pasaba.

 

ACCÉSIT. Tic-tac, de Pilar Almenedo. 

Tic-tac, sonaban los relojes en casa de mi abuela.

En cada habitación se escuchaba aquel sonido acompasado: tic-tac, tic-tac en el reloj de pared del salón, en el cucú de la cocina y en los despertadores de las mesillas de cada uno de los cuartos.

La mano de mi abuela se movía también acompasada y golpeaba de igual modo la mesa.  El Parkinson hacía años que formaba parte de su vida e impedía que la quietud fuera total. Tic-tac.

El día que mi abuela murió se pararon los relojes de su casa, de un modo lento y progresivo, hasta quedar todos en silencio a la vez y aquel silencio allí, resultaba sepulcral.

Cada vez que escucho el tic-tac de un reloj mi corazón se acelera y evoco la casa de mi abuela llena de relojes, el golpear de aquella mano en la mesa, y su inmensa sonrisa que tanta paz me transmitió cuando yo aún era una niña.

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